12do.
día: VALLE SAGRADO
Hoy nuestro recorrido no
comenzaba tan temprano, salíamos cerca de las 10 hs. así que se podía
remolonear un poco más. Suponíamos que íbamos a ser pocos en el tour, o que
seríamos nosotras solas… ya que a quien comentamos el recorrido que íbamos a
hacer (los guías, más que nada) nos decían que era muy bello, pero no muy
común. Desayunamos en el comedor del hotel cuyas ventanas daban al jardín
(rodeadas de 300 chinos) (y
una baranda a ajo impresionante, eran las 8:30 de la mañana… un saludo al
INADI…) y salimos para esperar nuestro vehículo.
Como nos imaginamos, éramos
nosotras solas, con el chófer, íbamos a levantar al Guía cerquita, venía de
otro lugar, era rara la situación de ir a buscar al guía, pero realmente, valía
la pena esperarlo porque era un fenómeno, había sido Presidente de la
Asociación de Guías de Perú y sabía un montonazo (no
sé si después Betty lo comenta, pero no solo nos explicó sobre los lugares que
visitamos con él sino también de lugares donde le contamos habíamos ido en días
anteriores); hacía lo que le parecía, con la seguridad del que
sabe lo que hace… por eso, cambió el orden de todas las cosas que teníamos que
hacer y dejó el almuerzo para el final (como le habíamos propuesto al de
Ollantaytambo) sin preocuparse si a la Agencia le parecía bien o no.
Primero rumbeamos para las
Minas de Sal en Maras. Las tres
conocíamos las Minas de Sal de Jujuy y la reproducción mental de esa imagen,
era lo que yo esperaba encontrar allí.
Grande fue el impacto de no
ver una amplia planicie blanca, sino un salar en terrazas (sí, hasta la minería era con esa modalidad). Claro
estas minas eran en las montañas, encima al ser temporada de lluvias, era el
momento del año que sólo funcionan para el turismo, ya que no es tiempo de
extracción. El contraste de sus pozos blancos con el contexto de montaña y
verde era imponente.
Eran minas milenarias
construidas por los Incas, en una verdadera obra de ingeniería, que así
comprobamos cuando vimos los sistemas de agua, filtrado y distribución que eran
los originales, ya que sólo estaban mejorados, pero no cambiados, ni
modernizados.
Está compuesto por miles (pero
son miles de verdad: 3000 o más, nos dijeron) de pozos (ellos le dicen poza) de
unos 5 metros cuadrados cada uno, atravesada por un riachuelo que nutre de agua
salada las cavidades. Yo como soy docente y tengo espíritu de enseñar
vivencialmente; metí mi zapatilla (con mi pié, claro) en el agua y cuando se
secó, pude hacer observar a mis “pupilas”, la presencia de sal en mis bellas
zapatillas negras, las cuales se las veía: blancas (me sacrifiqué por el bien
de la educación), (en realidad el
guía nos dijo, esperen a que se seque y van a ver la diferencia entre una
zapatilla y la otra…).
Luego el agua del riachuelo,
se filtra y se evapora por acción del intenso sol, haciendo que broten los
cristales de sal gruesa, luego de 1 mes la sal alcanza los 10 cm. de altura y
tiene que cosecharse, esta actividad se realiza familiarmente. La explotación
la realiza una especie de cooperativa por un grupo de familias que se manejan
en forma comunal, cada familia tiene designada las pozas que las preparan,
cuidan y cosechan.
Al ingresar, antes de bajar
para recorrerla, hay una serie de negocios, donde te venden sal en todos sus
formas: en estatuitas, para uso gastronómico (compramos todas, yo para Silvia,
combinado con especies) bah, como se te ocurra… también venden tejidos, etc.; allí
estaban otra forma de las botitas que veníamos encontrando y que Adri y yo
queríamos comprar; no eran tan lindas como las de Cusco (pero no sabíamos si
llegaríamos a encontrar los negocios abiertos en Cusco al regreso) mi número de
Cenicienta estaba, así que me las compré.
De ahí nos fuimos para Moray,
originariamente no me decía nada el lugar, no había investigado previamente y
no era un lugar elegido por nosotras, fue mérito de Vanesa (la de la agencia
recomendada por Ale Martinez) el que hayamos ido; me dije… ”Un lugar más”, pero
visitarlo fue impresionante, realmente no sé cómo no lo promocionan.
Moray era un centro de investigación agrícola incaico
donde se llevaron a cabo
experimentos de cultivos a diferentes alturas, A simple vista ves 3 niveles de
terrazas concéntricas (es fácil largar la palabra “concéntrica” pero la
perfección geométrica en la construcción de esos anillos circulares hace dudar
que los extraterrestres no lo hicieron). Para ingresar a cada nivel había unas
escaleras de piedra y lo impresionante es que el clima logrado en la última de
las terrazas coincide con la 1ra. del nivel superior (¿Podés creer?), o sea que
la disposición de sus andenes produce una serie de microclimas teniendo el centro de los
andenes circulares concéntricos una temperatura más alta y reduciéndose
gradualmente hacia el exterior a temperaturas más bajas, pudiendo de esta forma
simular hasta 20 diferentes tipos de microclimas (puede haber una diferencia de
12° en los andenes de un mismo nivel). Allí se realizaban experimentaciones
para la intervención en la genética de las plantaciones, me gusta una palabra
que usan allá “domesticación” de cultivos, yo acá la domesticación la escuché
sólo para referirse a animales. La clave para descubrir esto fue el encontrar
plantaciones de coca en lugares que no es nada apto para ellas.
Pero lo interesante de esto,
es que según nuestro guía (y no lo encontré en ningún lado que leí sobre Moray)
que se utilizó ese lugar, aprovechando la depresión producida por los
fragmentos de un meteorito que cayó en la zona, según él, provocó 9 pozos y los
Incas usaron 3 de ellos para la construcción de este Centro de Investigación
Agrícola. Tuvimos la oportunidad de bajar hasta las terrazas más bajas, acompañadas
por la inteligencia, la locuacidad, la sabiduría y la forma de hablar de nuestro
guía que era cautivante…fue un día perfecto.
Al terminar el recorrido,
fuimos al baño y al salir encaramos para nuestra traffic, ahí veíamos a un tipo
intentando entrar a nuestro vehículo y mirando con rareza las cosas de adentro,
miramos alrededor buscando a nuestro guía: para ver si él estaba bien o
nosotros estábamos bien; y ahí lo vimos: él y el chofer muriéndose de risa
viendo como el gringo se volvía loco viendo si era su vehículo o no… y ellos
sin decirle nada.
De ahí nos fuimos a Chinchero,
donde nos llevaron a la casa de unas mujeres que nos dieron un té de coca como
bienvenida, mientras… las escuchábamos explicarnos sobre lana, tinturas y
tejidos. Sentaditas escuchando atentamente, veíamos también el lugar donde
tenían en una especie de jaula varios cuy, que estarían esperando convertirse
en alguna ¿rica? cena….
Tenían unas cosas preciosas
para vender (que raro, ¿no?) y ahí Pety compró otras madejas de lana, en estos
lugares es imposible irse sin comprar algo, primero por la calidad de los
tejidos y segundo porque te atienden y te explican de una forma, que si no
compras lo sentís como una falta de consideración a la dedicación que pusieron
a tu visita.
Después empezamos a recorrer Chinchero, ni bien avanzás,
te encontrás rodeada de formidables
paredes de especies de poliedros ensamblados que forman muros de contención
dando forma a terrazas, o sea que las viviendas y los lugares están formados
por las queridas terrazas que a esta altura nos resultaban muy familiares,
también podemos ver que forman grandes salas con ventanas, puertas y accesos a
distintos lugares.
Entonces llegas a la plaza, que concluye con un muro inca,
que tiene 12 concavidades con esculturas u otras representaciones incas. Este
muro a su vez sirve de contención a otra plaza que hace de entrada o atrio
frente a la Iglesia y cerca de 3 Adoratorios (que no recuerdo los nombres)
cuidadosamente trabajados. La charla a esta altura fue sumamente interesante,
nos enseñó a reconocer tipos de muros, hablamos sobre momias, religión,
costumbres y anécdotas familiares que se entrelazaban con el conocimiento
profundo que tenía sobre esta que era también su cultura .Para llegar a la
Iglesia de Chinchero: Nuestra Señora de Monserrat que tenía una cúpula
que según nuestro guía era más bella que la de Arequipa y la de Andahuaylillas
y afuera un importante mural contando la historia de Tupac Amaru.
Ahí si ya teníamos hambre y nos dirigimos directamente al
mejor lugar donde íbamos a ir a almorzar, nos llevaron al Sonesta Posada del
Inca (la misma cadena de hoteles del que habíamos ido en Arequipa), pero éste
hotel se encontraba alejado de la ciudad, emplazado en un amplísimo terreno
donde jardines se enlazaban con fuentes de agua que estaban decoradas con
flores, caminos de piedras, escaleras, habitaciones en galerías, hasta había
una bicicleta con un canasta decorada con un bouquet de flores que era de
exposición, después de atravesar esos sectores, en el fondo había un sector al
aire libre donde estaban dispuestas mesas que daban a la más grande de las
fuentes y enfrente una capilla que era una belleza, o sea , todo eso que dije
era parte del Hotel, bueno… que decir… imponente.
Salimos y pensábamos decirle que nos deje en
Ollantaytambo, porque teníamos ganas de recorrerlo un poco más, pero terminamos
pidiéndole que nos deje en el Pueblo para conocerlo y hacer alguna compra para
la cena de la noche. El pueblo estaba repletísimo de gente, arremolinada entre
los que vendían y los que compraban; al final entramos a un Mercado (vuelvo a
decir, acá ni en pedo compro en un lugar así) ahí compramos quesos, después que
nos dieron varios a probar y el pan para acompañar lo compramos en un negocito
frente a la Plaza que contenía la Iglesia (un clásico) también compramos unas
cusqueñas que íbamos a enfriar en la heladera de la habitación, ahí dudamos
entre caminar hasta el Hotel o tomarnos una Mototaxi (yo tenía ganas de probar,
pero realmente me parecía que las 3 y el chófer no entrábamos ahí) (Nunca viajamos en mototaxi…). Así que
volvimos caminando para terminar el día comprando unas llamitas en un negocito
muy lindo de souvenires que tenía el Hotel y preparando todo porque al otro día
teníamos tren y ¡¡¡Machu Picchu!!!.
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